sábado, 10 de octubre de 2015

Cementerio de poetas

Ciudades en ruinas, cementerio de poetas
donde cabalga el olvido sin vernos,
jinete triunfante que otea los cuerpos vencidos,
verde carne de sueños bajo el lago.

Ciudades consternadas, páramos estallados
donde duerme el poeta su exilio de hielo,
cielos que arrastran lluvias como ejércitos,
Tu y yo nos miramos -de cerca, pero a lo lejos-.

Heridos de sal, tu y yo,
como lava dormida bajo la piedra,
como luz vencida sobre los trigales,
como tornasoles petrificados por el ocaso.

Postrados de sed, tu y yo,
como soles astillados contra el valle sinuoso,
como palacios tomados por el desierto,
como astros ahogados en la fuente sin nombre.

“¿Por qué enmudeció el poeta?”, me preguntas.
“Lleva un collar de piedras cosidas a la garganta”.
“¿Por qué ya no escribe el poeta?”, te inquietas.
“Cayó su lápiz como un breve cuchillo celeste”.

“Vela el poeta el dolor de lo no nacido,
no soñado, no cometido.
Llora el poeta un dolor de vacío que
a sí mismo se excava,
de puñales ciegos y tempestades subterráneas,
de gloria untuosa pero jamás hollada,
de explosión interrumpida de infinito”.

De la vida aún convalecientes, tu y yo,
combatimos en la noche,
con piel, puños y dientes -tan primitivas armas-.
Tus manos son rotas vasijas
por donde mi alma se escapa.
Mi alma, ebria luna revoltosa,
tiznada de tierra, el vuelo no remonta.

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